miércoles, 4 de enero de 2017


Cuando somos jóvenes, tenemos la impresión de que somos eternos. Sin embargo, los viejos, los jóvenes o incluso los niños, todos nosotros tenemos los días contados. Por más saludables que seamos, todos estamos desahuciados, pues nadie saldrá vivo de aquí. La vida camina hacia la muerte, esa es la realidad que nadie quiere enfrentar.
Pero aun en los días actuales, con tanta violencia, enfermedades, accidentes, noticias de jóvenes muriendo a la salida de los bailes, manejando alcoholizados, peleando o incluso víctimas de balas perdidas. Adolescentes matando decenas de niños dentro de las escuelas, con armas que vieron en los video games. Jóvenes sufriendo ACV, infarto, cosas que hasta hace poco se relacionaban a edades avanzadas, y que nunca fueron tan comunes como hoy. La alimentación es mala, el estilo de vida, peor todavía: poco ejercicio, mucho estrés, divorcios, indisciplina…
Algunos pocos tienen la oportunidad de oír hablar de Jesús cuando ya son muy ancianos, viviendo en asilos. Solamente allí abren el corazón, pues la situación en la que viven les enseñó humildad. En un abrir y cerrar de ojos, pasan ochenta, noventa años. No importa cuánto tiempo dure nuestra vida, siempre pasa demasiado rápidamente. Están allí, viendo la muerte con más frecuencia que usted o que yo, pues nunca saben cuándo un compañero de institución simplemente no despertará. Y cuándo será su día de no despertar más. ¿Cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? Si usted lo piensa bien, no existe.
La muerte puede llegar en cualquier momento. Al contrario de lo que mucha gente piensa, no siempre hay tiempo para arrepentirse en el lecho de muerte, pues no siempre hay lecho de muerte. Usted puede morir en un segundo, en cualquier lugar. Lamentablemente, no todos tienen esa conciencia, y viven como si la vida no tuviese fin.
Quien se deja envolver con pequeñeces y pavadas aquí y allá, alimentando rencores, hablando mal de los otros, preocupado con lo que van a pensar de él, o con lo que el diario A, B o C dice de la Iglesia, o administrando su propio ombligo, no se da cuenta de que está desviando su atención de lo que realmente importa. ¿Usted ya sabe hacia dónde va su alma?
¿Está seguro? Si durante los pocos años que vivió en esta tierra, la persona no hizo ningún esfuerzo para andar con Dios, ¿cómo puede esperar que después de la muerte, Dios la lleve a pasar toda la eternidad con Él?
Jesús comparó el Reino de Dios con un tesoro escondido en el campo. Él dice: “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”. Mateo 13:44 
Este hombre fue inteligente. Encontró lo que realmente importaba, y no pensó en otra cosa. Protegió el tesoro, escondiéndolo de quien lo pudiera robar, y puso toda su fuerza en adquirir ese campo. Tuvo conciencia del valor de lo que había encontrado y sacrificó todo lo que poseía, toda su vida y sus planes, inmediatamente y con mucha alegría, pues sabía que el tesoro era más grande que todo.
El tesoro estaba oculto en el campo, así como la salvación, que el mundo no es capaz de ver. Muchos pasaron por ese campo, sin haber visto jamás el tesoro que usted acabó de encontrar. No pierda tiempo, no lo deje para después. Entregue toda su vida y busque con todas sus fuerzas la salvación. Quizás usted está en la iglesia hace muchos años, pero aun no nació de Dios. Quizás usted está apartado, o incluso nunca ha creído que es realmente posible tener esa nueva vida. ¿Qué puede perder? Existe realmente un tesoro escondido en el campo. La llave que garantiza la paz interior, la alegría y la estabilidad aquí en la Tierra y por toda la eternidad. Es ahora o nunca. Usted puede no tener otra oportunidad. 
Fuente: Blog Obispo Macedo. 

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Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él. (Lucas 18.16-17)

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